Yo tampoco sé porqué escribo, si por agradar, o por esclarecerme, por reivindicarme como personaje de esta gran comedia, por tener un interlocutor invisible en las pendientes de la soledad más o menos sonora. O, sobre todo, porque me leas tú.
Soy consciente de que no tengo demasiado que aportar a la posteridad. Mi propio eco. No sé mucho de nada. Ni siquiera de la vida, en la que ya casi soy veterano, y en la que me siento siempre como un ingenuo novato. Algunas veces se me ocurren pequeñas historias, anécdotas reales camufladas y travestidas, o disparates que me hacen gracia. Eso justifica a veces las ganas de escribir, además del desahogo. El caso es que suelo andar bastante ocupado, siempre tengo alguna cosa que hacer. Y sin embargo, me pierdo ocioso ante esta pantalla horas y horas sin sentido.
He empezado el año triste, pero es una tristeza de otra cualidad diferente, quizá más peligrosa a la larga. En esta de ahora no hay rabia, porque en la rabia se encierra a veces la esperanza. Esta de ahora está hueca de expresión, es tristeza sin lágrimas. No soy capaz de imaginarme un futuro que me llene, me aferro al presente como mal menor, como los ciegos se tientan en cada paso para no caer.
He empezado el año triste, porque ha empezado sin ti.
Objetos
Acabo de ver una película de esas de velada agradable, ya sabes, comedia americana, chico encuentra chica, chico pierde chica, etecé, etecé. El esquema: un joven papá divorciado trata de explicarle a su hija de diez años su vida sentimental, que se centra en tres mujeres. Dejando a un lado la trama, hacia el final de la película, tras todos sus líos mentales, el tipo se encuentra en una caja con un libro envuelto en papel de regalo, un libro que no entregó en su momento y que pudo cambiar su historia. El objeto le conecta con ella, la que le hacía vibrar, y va a buscarla, años después, para entregárselo.
Me ha recordado la evocación sentimental que tienen algunos objetos, inanimados y crueles, que inadvertidamente y sin previo aviso a veces caen en nuestras manos para traer en el momento menos apropiado una punzada de recuerdo que te trastoca cuando tratas de sonreír a tu vida presente. El tema es clásico, aquellas pequeñas cosas, las cantaba Serrat. Ayer fue un ticket de compra que dormía en mi cartera, una compra de septiembre, un regalo. Rompí el ticket, pero no el momento. Objetos, fetiches, recuerdos, memoria, olvidos, olvido.
Nochebuenas
La cena familiar era más concurrida. Esperábamos a media tarde a que viniera la familia de Murcia, y nos juntábamos alrededor de la mesa camilla, y de mi abuela, que formaba parte del escenario, regordeta y encajada en su mecedora. La casa no estaba especialmente adornada: siempre fuimos algo perezosos para la parafernalia navideña, y a última hora mi madre bajaba del porche una caja pequeña con serpentinas y un niño jesús muy mono que se chupaba el dedo sobre una alfombrita blanca y peluda. A veces, mi hermano sacaba la guitarra y tratábamos de sorprender con alguna cosa que hubiéramos ensayado hacía poco en el grupo cristiano. Recuerdo que era habitual cenar cocktail de gambas y carne mechada; de fondo la tele, el mensaje del Rey y la “Telepasión” esa en la que los presentadores de informativos bailaban.
Luego salíamos al frío de la noche. Algunos años nos daba por trajearnos para hacernos los mayores; por esos años empecé a usar un abrigo antiguo de mi padre que aún conservo. Las calles estaban iluminadas y olía a invierno de una forma especial. Nos reuníamos en el portal de Chusa, porque cumple años en las nochebuenas, y luego marchábamos a la misa del Gallo, a cantar villancicos y las canciones del Gen Rosso, “Venid a la fiesta”, “Donde tú estás” y todas esas, y allí estaba todo el mundo habido y por haber, Rosa, Willy, Paco Forza, los que nos quedábamos dentro y los que se quedaban fuera tras los cristales esperando a que el Padre Guillermo acabara su sermonazo en una iglesia llena hasta la bandera. Durante la ceremonia, a veces, hablaba con Dios.Y luego las felicitaciones, el chocolate y las ensaimadas.
Ha pasado tanto tiempo y tan poco a la vez. Seguramente ha dado para mudar todas las células del cuerpo, así que no sé en qué rincón del cerebro se esconde el que yo era. El que soy ahora detesta todo esto de las felicitaciones y la obligación de los regalitos, las moñerías de los anuncios, los lloros en primeros planos por no estar con la familia, las reposiciones insufribles de películas de tema navideño, los santaclauses de peluche subiendo por las fachadas y un montón de cosas de las que me quejo estos días. No sé qué se celebra: supongo que estar vivos. Es el momento anual del recuento, de silenciosa evaluación de pérdidas. Sin embargo en algún momento sucumbo, aprecio ese momento de reducida reunión familiar envuelta en ritual y trato de dejar mi sentido crítico a la puerta de casa de mis padres antes de la cena. Y hasta puedo cantar algún puto villancico.
http://es.youtube.com/watch?v=pA8UHeoYHQM&feature=related
Fue tan largo el amor, y tan corto el olvido…
“(…) Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido. (…)”
My friend Plácido
Unos griegos nada aristotélicos de tiempos de la Odisea, sucios y harapientos, y su líder, Plácido-Orestes, hermano de Ifigenia (Violeta Urmana, al fondo de negro en la segunda foto), al que durante las dos horas de ópera ésta no consigue matar ni a tiros, a pesar de que pone todo su empeño. La codiciada foto con el inmenso Domingo, a la que accedió pacientemente, como con todo el elenco que se lo pidió, salió borrosa. Valió la pena en general la experiencia. No todos pueden contarlo.
Retrato
(El año pasado por estas fechas, Jorge me regaló este retrato. A mí me gustó mucho, creo que quedo demasiado bien. Espero que publicarlo en mi blog no quede como un gesto narcisista. Thanks, Mr. R., y mis disculpas por no pedir permiso.)
Este hombre que aparece aquí retratado es Fernando E., aunque todo el mundo lo conoce como Fer. En esta fotografía aparece de perfil, con una barba más bien descuidada, un cabello abundante sobre el que apuntan algunas canas y una camisa burdeos, que bien pudiera ser una de esas que se pone para salir al escenario. Apoya el brazo derecho sobre una silla, esboza una levísima sonrisa y pierde su mirada en un objeto en el que no ha puesto ningún interés. Se nota que está posando, se nota demasiado, y, más allá de la coquetería, lo que se deduce es que este hombre es un libro abierto incapaz de ocultar nada de lo que hace. Por eso se le ve venir, por eso la gente descubre enseguida si está alegre o triste, amargado o pletórico, abatido o con alguna necesidad de afecto.
En la foto, no ha elegido otra compañía que la del televisor, lo que nos lleva a pensar que su vida (al menos, últimamente) no es más que pura ficción: amoríos, aventuras, pasiones, intensidad, desengaños, brillos fugaces… Y unos labios que estaban para comérselos, pero que han desaparecido del dial sin ningún aviso del operador de cable. Es lo malo de esas imágenes, que nunca permanecen quietas y no hay forma de saber dónde están y cuándo van a aparecer de nuevo.
En el fondo, con esa mirada ausente y esa sonrisilla algo tristona, tal vez esté preguntándose si su vida no se empieza a parecer demasiado a una de esas canciones golfas y nocturnas de Joaquín Sabina (con el que, por cierto, comparte un abundante melenón) o, peor aún, a uno de esos melodramas que canta Luis Eduardo Aute (al que le une, tal vez, cierta tendencia al pesimismo). Por eso es necesario que este hombre realice una reconversión total, se afeite esa barba incipiente, abra bien los ojos cuando se retrate y adopte cierto aire misterioso en las fotografías. Tendría así un más que parecido con el escritor Paul Auster, y se convertiría en nuestro Paul Auster local, que se fotografiaría en ese apartamento tan neoyorkino que tiene, en compañía, a un lado, de su hija, una belleza que un día no muy lejano interpretará un papel en una película escrita o dirigida por él y, al otro, de su mujer, que sería la segunda, porque (no sé si se han fijado) todos los tipos interesantes y felices que han llegado a hacer algo en la vida aparecen siempre fotografiados con su segunda mujer.
Blogs
Hace poco cerré este negocio íntimo e improductivo que es el blog. Fué un acto impulsivo, una especie de autolesión. Algunos encarcelados, cuando sienten frustración e impotencia, se cortan en los brazos, algo que en argot se llama “chinarse”, que más que un deseo de morir es una expresión de su desesperación y desamparo, tras lo que, según dicen, experimentan un alivio primitivo, y la rabia, al poco, se calma. Por algún motivo, me sentí un poco de esa manera. Así que dediqué una hora a hacer desaparecer cuidadosamente cada uno de los textos, escondiéndolos, cubriéndolos de los ojos de otros, tratando de esconderme y desaparecer, pensando ingenuamente que así dejaría de pensar o sentir lo que aquí suelo escribir. Me sentí aliviado, en ese pequeño acto irreflexivo e infantil de autolimitación.
No he podido evitar seguir escribiendo cosas, estas cosas sin mucho valor, que me sirven de desahogo. Abrí otra página (será que volver al formato word me parecía algo decepcionante), con un título algo absurdo y una cabecera simpática con un perro con gafas. Escribí más de lo mismo, cosas que nadie leerá. Alguien me dijo que si esto es útil es para vomitar tus emociones, sacarlo todo. El experimento me ha servido para ver que cuando no hay ojos que te contemplen, la realidad se dibuja de una forma diferente, posiblemente más honesta con uno mismo y quizá también más obsesiva.
Ayer volví por aquí, por alguna necesidad interna que no acabo de identificar. Era como volver de un viaje corto. Saqué la ropa de las maletas, colgué un post, desempaqueté algunos textos antiguos, quité otros. No sé porqué vuelvo, ni por quién, ni sé por cuánto tiempo. Mis amigos me decían que todo lo que cuelgo es demasiado personal.
Me gustaría ser práctico e “impersonal”. Un gilipollas simpático y superficial. Mola más.
El arte de amargarse la vida
“¿Qué puede esperarse de un hombre? Cólmelo usted de
todos los bienes de la tierra, sumérjalo en la felicidad hasta el cuello, hasta encima de su cabeza, de forma que a la superficie de su dicha, como en el nivel del agua, suban las burbujas, déle unos ingresos que no tenga más que dormir, ingerir pasteles y mirar por la permanencia de la especie humana; a pesar de todo, este mismo hombre de puro desagradecido, por simple descaro, le jugará a usted en el acto una mala pasada. A lo mejor comprometerá los mismos pasteles y llegará a desear que le sobrevenga el mal más disparatado, la estupidez más antieconómica, sólo para poner a esta situación totalmente razonable su propio elemento fantástico de mal agüero. Justamente, sus ideas fantásticas, su estupidez trivial, es lo que querrá conservar…»
Estas palabras proceden de la pluma de un hombre, que Friedrich Nietzsche consideraba el más grande de los psicólogos de todos los tiempos: Feodor Mijailovich Dostoievski. En realidad sólo dicen, bien que en un tono más elocuente, lo que la sabiduría popular sabe desde siempre: no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos.
Ya es hora de acabar con los milenarios cuentos de viejas que presentan la felicidad, la dicha, la buena fortuna como objetivos apetecibles. Demasiado tiempo se ha tratado de convencernos -y lo hemos creído de buena gana- de que la búsqueda de la felicidad al fin nos deparará felicidad.
Lo gracioso del caso es que el concepto de felicidad ni siquiera puede definirse. Así, por ejemplo, en septiembre de 1972, los oyentes de la serie séptima de la emisión de noche de radio Hessen fueron testigos de la discusión, sorprendente sin duda, sobre el tema «¿qué es felicidad», en la que cuatro representantes de distintas ideologías y disciplinas no lograron ponerse de acuerdo sobre el significado de este concepto aparentemente tan claro, a pesar de los esfuerzos de un moderador sumamente razonable (y paciente).
En realidad, no deberíamos sorprendernos de ello. «¿En qué consiste la felicidad? Sobre esta cuestión, las opiniones siempre fueron dispares», leemos en un ensayo del filósofo Robert Spaemann sobre la vida feliz (22): «289 pareceres contó Terencio Varrón, y Agustín abunda en este sentido. Todos los hombres quieren ser felices, dice Aristóteles.» Y luego Spaemann se refiere a la sabiduría de una historia judía, que narra de un hijo que manifiesta a su padre su deseo de casarse con la señorita Katz. «El padre se opone, porque la señorita Katz no aporta nada. El hijo replica que sólo será feliz si se casa con la señorita Katz. El padre le dice: “Ser feliz, ¿y de qué te servirá esto?”»
La literatura universal ya debería habernos inspirado desconfianza. Desgracias, tragedias, catástrofes, crímenes, pecados, delirios, peligros, éstos son los temas de las grandes creaciones. El Infierno de Dante es incomparablemente más genial que su Paraíso; lo mismo puede decirse del Paraíso perdido de Milton, a su lado, el Paraíso reconquistado es francamente soso; la caída de Jedermann (Hofmannsthal) arrastra, en cambio, los angelitos que al fin le salvan, causan un efecto ridículo; la primera parte de Fausto conmueve hasta las lágrimas, la segunda hasta el bostezo.
No nos hagamos ilusiones: ¿qué seríamos o dónde estaríamos sin nuestro infortunio? Lo necesitamos a rabiar, en el sentido más propio de esta palabra.
Nuestros primos de sangre caliente en el reino animal no tienen más suerte que nosotros; basta ver los efectos monstruosos de la vida en el zoológico: aquellas soberbias criaturas son protegidas contra el hambre, el peligro, la enfermedad (incluso contra la caries dental) y se las convierte en el equivalente a los neuróticos y psicóticos humanos.
Nuestro mundo en peligro de anegarse en una inundación de recetas para ser feliz, no puede esperar más tiempo a que le echemos un cable de salvación. No puede permanecer más tiempo la competencia en estos mecanismos y procesos bajo el dominio celosamente custodiado de la psiquiatría y psicología.
El número de los que se las arreglan con su propia desdicha como mejor saben y pueden, quizás parezca relativamente considerable. Pero es infinitamente mayor el número de los que en este menester precisan consejo y ayuda.
Hay que añadir que a este propósito altruista le corresponde un significado político. Como los directores de un zoológico en dimensiones reducidas, en grandes dimensiones, los Estados también se han impuesto la tarea de configurar la vida de los ciudadanos de modo que ésta, desde la cuna hasta la tumba, sea segura y chorreante de felicidad. Pero esto sólo es posible mediante una educación sistemática del ciudadano que le haga incompetente en la sociedad. Por esta razón, en todo el mundo occidental, los gastos públicos para política sanitaria y social aumentan de año en año en proporción siempre mayor. (…) En este mismo país hay diez millones de enfermos y el ciudadano normal toma a lo largo de su vida 36 000 comprimidos. Imaginémonos por un momento qué pasaría si este curso ascendente se detuviese o retrocediese. Se derrumbarían ministerios gigantescos, sectores enteros de la industria se declararían en quiebra y millones de hombres irían al paro.
El Estado necesita con tanto empeño que el desamparo y la desdicha de su población aumente de continuo, que esta tarea no puede confiarse a los ensayos bien intencionados de unos ciudadanos aficionados. Como en todos los sectores de la vida moderna, también aquí se precisa una dirección pública. Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende, no basta tener alguna experiencia personal con un par de contratiempos.(…)
Paul Watzlavick, “El arte de amargarse la vida”
Joan Baptista Humet
Ha muerto Humet. El cantautor de Navarrés, de cejas pobladas y ojos transparentes; se lo ha llevado un cáncer de estómago. Para muchos, las nuevas generaciones, un desconocido. El gran público le conoció sobre todo como el autor de Clara, la triste historia de una yonqui, “estrellas negras vieron por sus venas/ y nadie quiso preguntar”, en la que silbaba una melodía melancólica y pegadiza. Desapareció durante dieciocho años, y hace poco publicó un disco de tirada limitada que no salió al mercado. Alguna vez fue motivo de conversación con algunos amigos: “¿Qué habrá sido de Humet?” y lo imaginábamos en su pueblito, llevando una envidiable y aburrida vida tranquila retirado del mundanal ruido, con sus cuestionamientos existenciales cotidianos.
Cuando muere alguien que se ha preguntado tanto sobre la vida y la muerte, me queda una sensación de vaga angustia, quizá por identificación, quizá porque ves que eso no los hizo inmunes, más bien al contrario. Las canciones de Humet tenían su enganche en una generación concreta, que había vivido un cambio sustancial en la vida del país, que se deconstruía, en sus valores y en sus metas, a medida que un sistema político patriarcal se desmoronaba; una generación -no quiero hacer apología- tan lejana a las actuales en tantas cosas: hoy lo escucharían como un tipo tristón y un poco aguafiestas, y posiblemente no vendiera muchos discos (“Qué me dices, cantautor de las narices/ que me cuentas, con ese aire funeral/ si estás triste, que te cuenten algún chiste/ si estás solo, púdrete en tu soledad”, Aute dixit).
Era parte de la “banda sonora de nuestras vidas”, y se ha ido. Como aquellos años.
Más que “Otoño en Navarrés” (esa que le gustaba a Jorge), “Hay que vivir”, “Que no soy yo”, “Y tú disimulando”, o la cantadísima “Clara”, cuando oía el nombre de Humet a mí me venía “El invento”.
Ahí va. In memoriam.
Tengo la vida que deseé,
o al menos quiero pensarlo,
tengo mis buenos amigos,
un gato engreído
y un coche que me compré
pasando miedo en el escenario.
Tengo mil sueños que alucinar
aunque se queden en nada,
media docena de hermanos,
un pueblo al que amo
y tiempo para pensar
o encapricharme de una mirada.
Y bien, de qué me sirve el invento,
estoy y no me entero de quién soy,
pensé que me encontraba seguro en lo que amé,
pero la angustia sigue por dentro.
Tengo el valor de reconocer
que no soy mi único dueño,
pueden mandarme a galeras
y en casa me esperan
las trampas de mi mujer
y la sonrisa de mi pequeño.
Cualquier chorrada me hace reír,
me gusta el cine de barrio,
tengo un amor escondido: lo desconocido,
y creo en el porvenir
si es que vivimos para contarlo.
Tengo una causa que defender
y yo ya sé cuando gano,
me gusta andar con la gente
que mira de frente
y no me falta la fé
para tragar y seguir tirando.
Y bien, de qué me sirve el invento,
estoy y no me entero de quién soy,
será que uno no siempre se engaña a voluntad,
porque la angustia sigue por dentro…
y así me va.
Enfermos de amor
Pasadas las dos, se lleva sus historias clínicas a casa para completarlas: la de Sofia, que vino de León para convivir con su novio y se siente desorientada, porque se da cuenta de que no es lo que quería; no encaja, siente la soledad y el absurdo de permanecer en un piso compartido, lejos de su gente, sólo por ver una hora al día al pijo de su chico, un neo-facha de politécnico que juega al golf y habla de economía con sus papás. La de Lourdes, que después de un eterno noviazgo, tuvo un breve romance con un compañero de trabajo más joven, que le marcó por su intensidad, y que no consigue quitarse de la cabeza (“sólo quiero que me digas que esto se me pasará algún día”). La de Josema, joven y guapo, que lo tiene todo, incluida una total falta de rumbo vital, y fuma porros por las mañanas para evadirse de la obsesión que le atormenta por su chica, que le ha dejado hace dos meses (“me paso el día llorando, nunca me había pegado tan fuerte, no es normal”).
Muchas de las personas que acuden al psicólogo se sienten principalmente desgraciados por culpa del amor. Se les podría decir que si están así porque quieren, que son adictos al sufrimiento, que es una chorrada sufrir por algo que es un lujo, una ilusión que mucha gente no llegará a experimentar nunca. Que deberían sufrir por las cosas importantes de la vida: el desempleo, la falta de salud, el deshielo de los polos o la caída del Dow-Jones, y alegrarse de todo lo que tienen. Sufrir porque no-nos-quiere-quién-queremos-que-nos-quiera es sufrir en vano y de más, padecer por complejos fantasmas de nuestra mente. Y sin embargo ahí están ellos, jóvenes y mayores, cara a cara a un desconocido que les observa (como la cámara del confesonario de Gran Hermano) cuando hablan y miran hacia abajo, destripando la cajita de los clips, titubeando, llorando. Y demandando respuestas que realmente no existen.
Es curioso que para este mundo pragmático el amor siga siendo objeto de padecimientos insufribles, de desorientación, de dudas y de insomnio. “Deberías abordarlo así”: el terapeuta, desapasionado, racional y oculto tras su rol, lanza consejos, frases hechas, trucos de efecto, o simplemente escucha. Aparece ante ellos, con su porte y sus canas, como una figura adulta y resuelta. Y al despedirles, tras tomar sus notas y tratar de entenderles, se apresura a mirar su teléfono, enfermo como está también él por ver algún indicio de amor que no llegará tampoco hoy.







