De una parte del fresco, una muchacha de veintitrés años, rubia, apocada, que acude a la consulta porque sufre ataques de pánico. Su vida es un cúmulo de desgracias. Interiormente la llamo Cenicienta, rechazada como ha sido por su madre, prostituta, su padrastro, un árabe cocainómano y ludópata, y a veces por su hermana pequeña, más ubicada en la vida, aceptada -al contrario que ella- por la familia musulmana de buena posición del padre funcional. La hipótesis de mi compañera-tutora es que sus ataques son histriónicos, buscando atención, la atención que nadie le dispensó. A mí, en cambio, me produce lástima, y no soy capaz de ver con claridad lo teatral en su relato. Quiere, en un momento dado, hablar de su gato muerto, el único ser que recuerda con afecto de su infancia; hablar de él le hace temblar el labio inferior de emoción, y asegura que aún se dirige a él por las noches, como si rezara.
De otro lado del fresco, un joven de sonrisa perenne, violador múltiple. No es capaz de evocar qué sentía cuando se aproximaba a sus víctimas, si era placentero, si estaba nervioso, o si sentía culpa al terminar. Su explicación, fría y nada plausible, es que buscaba que se enamoraran de él. Ni siquiera el pederasta más enconado del grupo es capaz de entender tal absurdo. Quién pretende que se enamoren de él tapando la boca a una chica y empujándola dentro del ascensor para toquetearla o pedirle una mamada. El joven tiene un esquema mental rígido y nada empático: es capaz de entender que lo que hizo “está mal” (tiene un pensamiento muy polarizado, esquemático, sin matices: bien-mal, correcto-incorrecto), pero no es apto ni de lejos para entender el temor en aquellos ojos, el llanto de después. Seguramente porque tampoco es capaz de leer en sus propias emociones. Hay otro hombre, un muchacho despierto, culto y de educación conservadora que me expresa con vergüenza que desde que tiene uso de razón disfruta de mirar sin ser visto en los baños de señoras. Recuerda su primera vez a los nueve años, junto a un hermano. Se hace más intensa su necesidad en épocas de tensión o de depresión. En las últimas ocasiones emplea cámaras de video, más sofisticado que el mero voyeurismo de mira y sal corriendo, y lo descubren. En ese outing descubre que no sólo es algo vergonzoso sino delictivo, su pequeño secreto desde la niñez, ese refugio de los malos ratos, se desparrama y su vida de repente cambia. Otro tipo, gordito y retraído, estudiante universitario, se disculpa de su “pecadillo” de mirar fotos de menores; dice que le gustan jovencitas pero no niñas, que sólo abrió unos archivos y que “la curiosidad mató al gato” (¿el gato de Cenicienta?). Le imagino horas ante su ordenador, en una habitación poco aireada, y cerrando apresuradamente las fotos prohibidas cuando su mamá le llama a cenar.
En un rincón del fresco, yo, observando el cuadro, sólo en mi piso duplex, recogiendo la ropa sucia, planeando las vacaciones. Poco o nada me conmueve, salvo algún episodio de serial americano, o películas familiares, tipo comedia romántica. La vida real no me emociona, la gente en la calle me parece fea y absurda. Hay días que llego a entender a “Dexter”, el asesino vocacional. Las catástrofes se avecinarán y las contemplaré con la misma mirada impasible que aspira a parecer cálida. La palabra enfermedad resuena en algún momento como una terrible amenaza a la calma, que puede desgajar miembros del escenario. Yo, en un rincón de un fresco, observando las cosas sin emoción, esperando ese raro momento, como de sueños, en que una mujer aún más psicópata que yo me visite de noche y me vuelva casi humano.