Una boda en el campo

Dos hermanos de cuarenta y tantos que se reencuentran, y viajan juntos de camino a la boda de una antigua amiga. Es la cuarta boda (un abogado inmaduro, un músico autodestructivo y un ingeniero prepotente antes del actual) de la novia, una mujer extrañamente adicta al matrimonio que, a pesar de la legión de hombres que se le conoce o atribuye, mantiene un aspecto virginal de eterna inocencia, y voz angelical y aniñada de no haber roto nunca un plato. Cuenta ella también en su historial de ceremonias con un funeral, ya que uno de los maridos, el músico, desafortunadamente consiguió autodestruírse hace pocos años.
Han instalado varias carpas cubriendo una larga mesa para veinte personas cerca de la casa color lila que gobierna el vasto terreno vallado, anejo a una dehesa al pie de unas colinas, donde pastan apacibles siete yeguas. Los hermanos intercambian saludos al llegar con invitados y viejos conocidos, y todos encuentran más joven al mayor de los dos, con su tez tan morena y abundante cabellera que oscureció con tinte vegetal. Se sitúan en los sitios preseleccionados por la novia en la mesa, junto a un divertido grupo de artistas de Madrid. Una mujer con nombre de ópera, inquieta y delgada, de ojos almendrados y boca enorme y sensual, capta de inmediato la atención de ambos. El menor de los hermanos tratará infructuosamente de encontrar algún tema de conversación para conectar con ella, el mayor pasará buena parte de la noche mirándole el culo.
La tarde recuerda una película de Rohmer, con el crepúsculo dorando el perfil del horizonte, y largas y cadenciosas conversaciones entre nuevos conocidos, estimuladas por el alcohol y una pipa árabe con marihuana que casi no descansa. Está también en la boda un ex amante de la novia con cierto aire a John Malkovich, que no goza de la simpatía de varios de los invitados. Ha venido con una rubia de reciente adquisición, bastante más joven que él, que no se le despega. Una de las invitadas confiesa melancólica a uno de los protagonistas en un aparte que ya no ama a su marido, que se encuentra allí a pocos metros de la conversación, pero que no sería buena idea abandonarle.
Todo el mundo habla demasiado bien del novio, afable y atento en extremo, al que consideran la perfecta y definitiva elección para ella. Alguien comenta más tarde que le resultaría sospechoso y molesto que todos hablaran demasiado bien de él mismo: en las películas, el bondadoso indiscutible, el héroe ingenuo, tarde o temprano suele ser el cornudo o la víctima del destino.
De pronto, una de las yeguas entra por equivocación en el terreno, y las demás le siguen. Tratan durante un buen rato, inútilmente, encontrar de nuevo la salida, por lo que corren al galope en círculo, rodeando la casa violeta y el conjunto desordenado ya de mesas y sombrillas. Los invitados contemplan en silencio, encantados, el inesperado espectáculo, y puede que sonara entonces por el fondo música de Vangelis o de Morricone. Poco más tarde, y de un salto, la escena pasa a un inquietante bar neolítico, adornado con inertes pájaros de piedra metidos en jaulas y figuras talladas en trozos de tronco, donde tocará el grupo de blues local hasta el final de la noche.
Regresan muy entrada la madrugada. En el camino de vuelta, los dos hermanos hablan y hablan, porque hay muchas cosas que contarse. Sobre la vida, sobre el amor, sobre lo que hicieron y lo que se perdieron. Es tan extraña la vida, a veces. Como en una película.
Cartas que alguien escribió
Estos días estoy pasando bastante rato cara al correo electrónico. No por nada especial: he hecho una unificación de mis cuentas en una sola de gmail, más capaz en general, de forma que no tenga que abrir varias veces al día las distintas cuentas que he ido creando para satisfacer a mis otros tantos “yos” (el profesional, el público, el social, el íntimo, el oscuro…). Así que de repente se han ido vertiendo en esta nueva cuenta como ríos desbordados miles de mensajes procedentes de las otras, desde el ya lejano 2004, y aparecían como mensajes nuevos, sin abrir, como pequeñas cajitas de regalo sugerentes y familiares que pedían que pincharas sobre ellas para verificar el recuerdo que encerraban. Sí, tengo un placer morboso por la evocación, y eso que sé que el pasado no existe, no es más que humo que amarillea algunas de nuestras conexiones mentales y experiencias sin importancia que morirán con nosotros. He redescubierto a personas que desaparecieron, pero que un tiempo estuvieron ahí, que tuvieron su peso y su momento, gente con la que conecté, situaciones que fueron placenteras, cartas, fotos, textos, proyectos de cita, he revisitado mis planes y viajes de esos años atrás, las ansiedades e ilusiones que ya se vivieron. Y he visto también esas cosas que no cambian, de mí y de otros: me he visto en un lugar parecido al que ocupaba. Es algo descorazonador ver que no avanzas. Puede que las personas no cambiemos, ni aprendamos de la experiencia.
También he revisado posts de este blog que no sé porqué se tiene aún en pie. Antes escribía diferente, creo que mejor. Más personal, más atormentado y más pletórico. Más intenso y doloroso, como un diario abierto de piernas. Y claro, cuando un diario se abre de piernas, es probable que acabe violado y con escozor en sus partes más íntimas.
Pero es que antes me sentía protagonista de una historia de amor, y a veces creo que lo era.
Varias veces he cerrado el blog, por hastío de mí mismo, y otras tantas lo he reabierto, con la fé de que algo bueno sucedería. La fé es lo que nos mantiene, o al menos la curiosidad. Una vez oí decir a alguien que, ante el evidente absurdo de la existencia, el mejor antídoto contra el suicidio es la curiosidad.
Cartas, escritos, de personas a personas, sobre emociones. Historias, recuerdos. Caras, letras. Textos, frases, palabras, monemas, lexemas, morfemas y fonemas. Letras y más letras, signos, agrupaciones ordenadas de puntos adoptando formas sinuosas con vagos significados sobre una pantalla parpadeante. Aire, humo, nada.
Hazte cargo de mí

El hecho de llevar bastante tiempo en una misma situación vital te deforma y te hace perder la perspectiva. Para el casado de largo recorrido, el maratoniano del matrimonio, la inercia de comodidad con su estatus parental le dificulta ponerse en otra perspectiva, aunque acaricie las mieles de la soltería de forma vicaria al ver a sus amigos singles, y envidie en momentos puntuales una libertad que ya ha olvidado. Yo, que llevo tanto tiempo separado como viví de casado, y que he simetrizado ambos periodos y de ambos puedo hablar con igual conocimiento de causa, experimento a veces una recaída en el antiguo vicio de depender, que me reclama desde mis entrañas más ocultas, desde mis aprendizajes culturales más primitivos, y siento una artificiosa y malvada melancolía de la vida de pareja. Y es que la memoria, que tiene el perverso hábito de eliminar los momentos más odiosos de la convivencia de forma natural, te devuelve a veces como agradables periodos de claroscuro, saltándose a la torera los domingos de tedio, las paellas de la suegra, las discusiones vacacionales, las voces de mando, los reproches velados, las guerras de autoestima, los polvos mediocres y la dejadez general, y te deja sobre la mesa cuatro fotos estupendas de pasado, esas que, si te pilla blandengue, te hacen soltar la lagrimita.
En esa deriva ansiosa, a veces me pongo el chip de hombre-rehaciendo-su-vida, e inicio cosas de las que luego me puedo arrepentir. Porque el egocentrismo, cuando se manifiesta, es como un pene crecido y violento aprisionado en la bragueta al que es difícil ignorar como si no existiera o acallar como si tal cosa. Mi egocentrismo me impide involucrarme con una mujer mucho más allá de unas charlas atentas, una cena romántica, o un intercambio cariñoso de fluidos, porque he perdido el hábito de depender. Podría verse desde fuera como una ganancia: yo lo considero atrofia emocional. El caso es que, si bien los momentos de abrazo en sofá dominical o la idea de planificar en compañía un viaje de fin de semana a la Manga me resultan a veces estimulantes y nostálgicamente deseables, me aterroriza la idea de hacerme cargo de alguien. Ya sé que esto rechinará a algunos/as, y que me podréis decir que qué mente tan atravesada, que compartir no es eso, que vaya idea de la relación de pareja, que si la complicidad, y tal, y cual. Pero en definitiva, la continuidad en una relación, tras los primeros momentos de calentón y ceguera sentimental, va a significar tarde o temprano hacerse cargo. De sus dificultades laborales, de su frustración vocacional, del suspenso en la oposición, de los problemas con sus hijos, de sus cabreos con su padre, de sus mermados ingresos, de los disgustos con sus “ex”, de sus días difíciles, de su enfermedad, de su depresión. A cambio y en compensación, se hacen cargo de los tuyos. Supongo que en eso consiste amar. También te haces cargo de sus alegrías, de sus ilusiones, de sus éxitos. Pero a un atrofiado emocional, un egocéntrico, un acomodado, ¿eso le compensa?.
Entretanto, mis padres, en el umbral de celebrar dignamente sus cincuenta años de matrimonio. Los veré emocionado decirse un nuevo”sí” en el altar, les cantaré y me regocijaré con ellos de esa larga vida de pareja y convivencia armónica. Así que esta fobia a hacer mía la vida y las necesidades de otra persona no me viene de familia, sino de la experiencia y de la racionalidad deformada. Vislumbro un futuro en el que envejezco solo, quizá con algún paréntesis de recaída en la convivencia. Y la verdad, no es una perspectiva que me parezca tan escalofriante. Si soy honesto conmigo mismo, la imagen de los ancianos paseando cogidos del brazo me conmueve para otros, no para mí.
Así pues, lo siento, mamá; nadie se hará cargo de mí, porque yo no me voy a hacer cargo de nadie. En lugar de ser como vosotros, un fenómeno casi de Guinness, una pareja que llega al final compartiendo un único camino, creo que seré un anciano solitario, de aspecto amable pero un cabrón egoísta en el fondo, que echará de menos por momentos el haber gozado de la compañía que le hubiera brindado vencer sus terrores. Confío, sin embargo, en poder acompañar esas tardes crepusculares con el calor a mis pies de un perrazo bonachón, la hermosa vista del mar en invierno, algún buen amigo con quien tomar copas nostálgicas, y un saxo que se deje arrebatar hermosas melodías de jazz.
La taza rota
-¿Harías una cosa por mí?- le preguntó ella, y sonreía con malicia.- Una cosa pequeñita.
-Qué cosa, a ver – y el la mira, algo condescendiente y paternal, porque advierte en sus ojos un brillo de niña traviesa que ya conoce.
-Róbalas. Las dos tazas. Me gustan mucho.
-No. Ni de coña. Me muero de vergüenza si me pillan. –y fuerza algo el gesto serio, aunque le divierten esas cosas. Le revitalizan sus ocurrencias, se siente más joven y más loco. La última vez que le propuso algo en un bar acabaron haciendo el amor en los servicios.
-Va… porfa…- le ruega ella poniendo morritos, y comoquiera que él cabecea, ella insiste.- Una prueba de amor. Quiero ver si eres capaz. ¿Qué más da? Ni se van a dar cuenta. Son super bonitas. Así tendremos nuestras tazas de café especiales en tu casa, para cuando vaya yo…
Las tazas son sencillas, alargadas y altas, con una inscripción grabada de “Café Brasilia”, y un asa pequeña y circular. Son las cuatro de la tarde, y se encuentran solos en la cafetería de un centro comercial. Al poco, cada uno volverá a su trabajo. El camarero se encuentra en la barra, despistado y aburrido. Él cambia de tema, demasiado timorato y convencional para acceder a su demanda. Finalmente, tras pagar la cuenta, ella las envuelve en una servilleta de papel y las mete en su bolso. Al despedirse, se las entrega, y al llegar a su casa, ilusionado con su uso futuro, las deposita cuidadosamente en dos colgadores sobrantes de un juego de café comprado en los chinos.
Me contó la anécdota, sucedida dos años atrás, cuando la otra noche se le cayó accidentalmente el juego mientras cocinaba, y de entre todas, únicamente se partió una de esas tazas en dos pedazos. Me hablaba del poder evocador de los objetos, que imponen a veces con urgencia aldabonazos a las puertas de la memoria, resucitan pequeños recuerdos que parecían archivados bajo los montones de inquietudes cotidianas, de los nuevos planes y pretextos. La taza se rompió, dejando a la otra viuda, solitaria. Y él, que se encuentra últimamente predispuesto a encontrar significados en las cosas más nimias, pensó que el pequeño incidente le hablaba de algo, algo que se había partido también en su vida, definitivamente, sin reparación posible.
Pharmaton y agujas
Somos cuerpo, de eso no me cabe la menor duda.
Vengo de una charla informativa sobre una corriente terapéutica, la psiconeuroacupuntura, que me ha resultado refrescante y novedosa. Se trata de una escuela que pretende aunar las terapias de la medicina tradicional china con la psicología para el tratamiento del malestar psicológico, fundamentalmente a través de la acupuntura y otras técnicas relacionadas. Sabiduría milenaria, tratando de casar con las corrientes clásicas y contemporáneas de la psicología clínica. Al margen de otras consideraciones, o tratar de profundizar más en este tema, coincido con un planteamiento que expresaba el conferenciante como introducción de forma palmaria, y del que ya había hablado por aquí con el tema del amor. Todo está en el cuerpo, en esa masa líquida que se aloja en nuestro cráneo, el océano de la médula, y en el resto de ríos y riachuelos que recorren nuestros órganos y extremidades; las emociones se reflejan aquí y nos huellan y moldean como el barro, el organismo es el cómplice o el delator de nuestra paz o nuestro desorden. El pesimismo y el optimismo, la memoria, la alegría, el amor desesperado, la ansiedad, el insomnio… se alojan en alguna de las mareas físicas que funcionan de piel adentro, luces que nos recorren y se encienden y apagan, reflejo de cómo actuamos e interpretamos lo que nos sucede y lo que nos rodea.
Algo de esto pensaba anoche cuando empecé a notar los efectos del segundo Pharmaton con ginseng. Puede que se deba al efecto placebo (a que cuento con ello y lo espero), y puede que inconscientemente ponga de mi parte, pero tras muchos días de mirada negra hacia el mundo, de velo oscuro, de repente empecé a sentirme optimista. Las mismas cosas, apreciadas de modos diferentes. Por más que la terapia cognitiva me diga que me deje de generalizaciones y pensamientos polarizados, “lo que é, é”, y si unas sustancias extrañas como duendecillos cariñosos pasean por mi cerebro y empiezan a encender lucecitas para que vea el mismo camino de otra manera, pues bienvenidas sean. Si un fulano, chino o de Alcoy, me pincha en el sobaquillo y activa un circuito desconocido para mí, pero que para Confucio y sus sabios contemporáneos era ya hace miles de años como el patio de su casa, y duermo mejor, sueño cosas agradables, me centro en mi trabajo o me muestro más activo y productivo, chapeau para el banderillero oriental.
(Me di cuenta de que estaba inusitadamente optimista y artificialmente activado cuando empecé a pensar antes de coger el sueño en todas las amantes que voy a tener este año. Me salían al menos tres, y una de ellas de veintitantos. Con ese propósito, algo acelerado, acabé dormido entre sueños gloriosos. Y eso que solo llevo dos días vitaminado…)
Más de psicólogos
El otro día me encontraba en el gimnasio (yo también voy a veces, lo confieso, aunque pago más de lo que lo rentabilizo) y me entretengo allí a veces escuchando retazos de conversaciones de los mega-machos del lugar, para reafirmarme, una vez más, en mi tesis de que si Dios tuviera en mente repetir aquello que se le ocurrió hacer con Sodoma con nosotros, sin ir más lejos, no encontraría ni a diez tipos que valieran un poco la pena en toda la city.
El caso es que dos estaban hablando, para variar, de tías, y una en concreto parecía ser el objetivo de la conversación. Una que, diría yo como hipótesis, se encontraba absorta y ajena en la cinta de correr, haciendo millas como una posesa, porque miraban de reojillo en aquella dirección. Ambos sujetos eran de edad imprecisa, entre los veintimuchos y los treintaipocos, cachas y bronceados, magros y nervudos, dispuestos para la acción, desenvueltos y expansivos en sus expresiones inequívocamente masculinas -como el soberano y el varon dandy-, y por sus risotadas francas y abiertas de satisfacción de ser los dueños del mundo conocido. Hablaban de que era una tía algo especial, seguramente en términos de conquista, por la sonrisa maléfica y ladeada del que parecía ser el más interesado en la presa. De vez en cuando la conversación se volvía poco inteligible porque mantenían cierta confidencialidad y bajaban el tono de voz. Lo que me llamó la atención fue cuando este sujeto dijo algo que sostuvo en voz claramente audible: “yo tengo bastante idea de lo que le pasa a esta tía, porque soy psicólogo, no sé si te lo he dicho, he sacado el título hace poco…”. La conversación seguía, pero había terminado mis ejercicios en esa zona y me fui a correr a la cinta, para acabar reventado una vez más.
La anécdota me hace pensar en esta profesión extraña en la que por gracia de una titulación a base de exámenes tipo-test uno queda ungido y sancionado por los poderes sociales para ser “el que sabe de las personas”, el experto en todo lo humano y el solucionador por excelencia de las problemáticas emocionales. Sé que peco de prejuicioso, que no conozco al tipo en cuestión, que lo juzgo por elementos superficiales, y que quizá esté más cualificado que yo o cualquiera de los que considero “buenos psicólogos”, pero (y este es el privilegio de la subjetividad, de que este es mi blog, y opino y escribo lo que me sale del higadillo) si alguna vez tengo que recurrir a un profesional de la psicología y me encuentro tras la mesa un sujeto así me daría un telele. La profesión se debería de nutrir de gente madura, gurús de sabiduría, ejemplos de honestidad y de vida, orejas vivientes, empáticos hasta la médula, serenos, centrados, gente cuyo consejo valioso y orientación racional fuera un punto de apoyo, y no de vividores y espabilados, fanfarrones que en nada se diferencien del resto, metidos en los mismos valores vacuos, que usen las tretas y artimañas aprendidas en clase para el ligoteo de fin de semana y meterse entre las piernas a la chica codiciada.
Aunque, claro está, todo esto es más que discutible. Pero me apetecía decirlo, qué coño.
Barbie Malibú
Era un local de decoración barroca, con unas largas telas de seda negra colgando de la fachada, paredes blancas en el interior repletas de espejos con marcos recargados, y una enorme lámpara central que caía tan baja que casi se podía tocar. En los espejos traté de mirarme pero no pude, ya que mi reflejo había desaparecido. Al penetrar en el vestíbulo flanqueado por falsos cuadros de Rubens, tras pagar la entrada que incluía copa, todos nos habíamos convertido en vampiros.
Al poco, entró un grupo de jóvenes bien vestidos, cuatro mujeres y tres hombres. Todas tenían un notable atractivo fashion, pero ella despedía un brillo especial del que era claramente consciente. Rubia, estilizada, con larga melena ondulada, pupilas verdes luminosas y sonrisa perenne. Se rodeaba de su pequeña corte gay que bromeaban y bailaban con ella. A todas luces, se sentía protagonista y espléndida, y disfrutaba eclipsando a sus amigas, con las que apenas intercambiaba palabras. Lanzaba miradas a ráfagas, pequeños halagos a los vampiros expectantes, pero no se quedaba en los ojos de nadie. En esa contemplación de la divina, su grupo y sus vínculos, permanecí durante dos whiskys con ginger ale, reflexionando sobre el implacable aunque efímero poder de la belleza.
Más tarde se produjo la anécdota, irrelevante, y con ella la oportunidad. Conseguí para mi sorpresa, sin demasiado esfuerzo, captar su atención, desarrollando mi personaje de esa noche, que sin duda no era yo. Los colmillos recién nacidos estimularon mis sentidos depredadores, y la estrategia fluyó con facilidad. Se trataba de encajar a toda costa en su estilo burbujeante, evitar aburrirla con sentimientos o cultura, y ubicar los temas en la zona de absoluta superficialidad y fresco entretenimiento. Hablamos del Gran Hermano, de perfumes, de los cuarenta principales, de locales de moda; fui pomposo con disimulo hablando de un trabajo inventado y de un nivel de vida falsamente hinchado, tretas que, con un disfraz de modestia, creyó. Porque, afortunadamente para un vampiro viejo, Barbie Malibú era hermosa pero abiertamente estúpida, una pija de colegio de pago reconvertida en diosa de la noche, princesa de un pequeño reino de plumíferos y arpías. Finalmente, después de una hora de artificio, conseguí su teléfono.
Estoy preparado, y sé que sucederá. La llamaré, me responderá, será todo tan fácil… Ya disfruto las caras de envidia de mis amigos cuando me vean paseando con ella por el barrio. He gastado buena parte de mis ahorros con una colección de polos de Lacoste de todos los colores, tres camisas de Ralph Laurent y un par de trajes de Armani, y tengo pensado ampliar mi hipoteca para hacerme ese descapotable que tanto le gusta. Enterré en un baúl a Neruda, Kafka, Millás, Murakami y los últimos sesudos nórdicos; a cambio, he comprado ráudo el Cosmopolitan, “Los pilares de la Tierra”, “El código Da Vinci”, y empezado a leer “El alquimista”.
Desde ese sábado gozo como nunca ante el futuro tontorrón que me espera con mi exhuberante novia de plástico.
Bolero
SE TE OLVIDA (LA MENTIRA)
(Alvaro Carrillo)
Se te olvida
que me quieres a pesar de lo que dices
pues llevamos en el alma cicatrices
imposibles de borrar
Se te olvida
que hasta puedo hacerte mal si me decido
pues tu amor lo tengo muy comprometido
pero a fuerza no será
Y hoy resulta
que no soy de la estatura de tu vida
y al dejarme casi, casi se te olvida
que hay un pacto entre los dos
Por mi parte
te devuelvo tu promesa de adorarme
ni siquiera sientas pena por dejarme
que ese pacto no es con Dios
El problema es la luz.
Cuando uno vuelve la vista atrás a situaciones de su vida, recuerda la mayoría de ellas como un paisaje monótono de situaciones repetidas hasta la fatiga. Y puntualmente, algunos momentos en los que internamente aparece una luz, que transforma bruscamente tu visión del mundo, a veces por unas horas, a veces por días o meses. Pasa con algunos encuentros, algunos viajes, algunos momentos con personas queridas, algunas citas. Pasa, indefectiblemente, por los primeros o los mejores momentos de un amor. Por cada cita clandestina e inesperada. De forma más prosaica y de calidad diferente, pasa con algunas compras. De una u otra manera, variadas en colores e intensidades, pequeñas lucecitas que te hacen sentir avidez y curiosidad por lo que vendrá mañana.
El problema es cuando no consigues ver esa luz endiablada dentro de ti. Ni con citas absurdas, ni con horas desgastadas con la familia, ni con repetitivos encuentros sociales. Ni con un viaje a las Antípodas, ni comprándote un deportivo, ni cambiando de traje, de rostro o de vida.
El problema es la puta luz. Que no haya forma de encenderla, ni con búsquedas desesperadas, ni con autoengaños. Que tengas muchos meses que no hay manera de sentirla. Que sientas, confuso y asustado, que puede que no vuelva a surgir para los restos.



