En mi familia hemos dejado ya de celebrar la Navidad. Mi padre, republicano de casta, había sido siempre reacio a estas fiestas, que le crispaban los nervios, con tanta felicitación, tanto melindre, el empalago televisivo y esos tontos villancicos allá donde estés, que si ha nacido el Niño, y los peces que beben y vuelven a beber, pero se entregaba devotamente a ello por mi madre y por nosotros, sus hijos, por mor de hacernos posible una infancia normal e integrada. Pero mamá sufrió unos años atrás un terrible desencanto con la Iglesia Católica, de la que era piadosa militante, cuando se descubrieron las prácticas abyectas del párroco con algunos de los scouts que frecuentaban el local juvenil, y que determinaron su ingreso en prisión por algunos años, razón ésta que motivó que mi madre abrazara en el ocaso de su vida un ateísmo radical y desencantado, cambiando el misal, la Biblia y los escritos de Acción Católica por las obras completas de Camus, Marx y Kafka.
Se nos planteó por tanto, ante esta ruptura con la fé, este cuestionamiento: siendo que ya todos nosotros abjurábamos de estas creencias, ¿qué nos sujetaba a acogernos aún a la ola obligada de rituales indeseados, de más de un mes de vigencia anual, impuestos por poderes fácticos que perdieron definitivamente su autoridad moral? Y si acaso optáramos por fin por desechar esa festividad de nuestras vidas, ¿deberíamos privarnos por ello de la celebración familiar y del encuentro especial con los seres queridos que antes nos traía la Nochebuena? ¿por qué forzarnos sin necesidad a esta privación, restando a la vida, en lugar de sumar, motivos de felicidad?
Es por ello que, como familia de demócratas convencidos, celebramos solemnemente, desde hace más de diez años, el día de la Sagrada Constitución, y es justo hoy, el 6 de diciembre, que tendrá lugar la cena anual de nuestra familia al completo. Mis hermanos y sobrinos regresan desde sus lejanos destinos habituales a la casa paterna, y de paso aprovecharán unos precios de vuelos algo más económicos que los de final de año. Mi madre preparará amorosamente una mesa impecable, con coctel de gambas, jamón ibérico de recebo, dorada y abundancia de vino de la tierra. Antes de comer, en silencio y con toda la familia ya a la mesa, papá recitará algunos artículos escogidos de la Carta Magna (disfrutamos muy especialmente de los artículos de la sección primera del capítulo segundo, “De los Derechos y Deberes Fundamentales”, y cuando llegamos a los derechos sindicales, a mi padre se le quiebra la voz un poquito). En un rincón del comedor, y a semejanza del antiguo belén, mamá habrá colocado unas figuritas de Adolfo Suarez, Santiago Carrillo y Felipe González alrededor de una cuna en la que descansará el Libro. Y cuando lleguen los turrones y el cava, cantaremos abrazados “Libertad sin ira” y “Habla, pueblo, habla”, con panderetas, zambombas y alguna lagrimita.
qué grande, Fer, qué grande. hagamos anuncio y propaguemos el día de la Constitución laica para terminar de una vez por todas con las aberrantes celebraciones que tengan que ver con advientos, nacimientos de cópulas de aberrante comprensión biológica y de seres con poderes sobrenaturales y demás zarandajas. qué grande, Fer, qué grande.
Mal te veo, Fer. Ese tal Cañizares (no el portero, el monseñor) va a volver sobre sus fueros anatemizadores, así que déjate de pots paganos y celebra la Inmaculada, que como se entere el de la sotana te va a incluir entre los colaboradores del mal.
Encima sugieres lecturas. ¡Camus nada menos! Pero ¿tú qué te has creído, que todo el mundo es de posibles (intelectualmente hablando)? Y, para acabar de liarla parda, Kafka, la alegría de la huerta. Menos mal que pones a Marx; por cierto, ¿Groucho, Harpo o Chico?
Y lo de los belenes… Sólo te falta sustituir a los Reyes Magos por Pi i Margall, Salmerón y Castelar. O por Azaña clonado y oscurecida su piel en su versión políticamente correcta y minoría integrada.
Te veo muy creyente, Fer. Así no vamos a ninguna parte.
Así fue y así se lo cuento, señores míos, de verdad verdadera. Terminamos a las tantas, tras cantar además “La muralla”, “El pueblo unido…” y “El bandoler”, e intercalando vivas a la Constitución, a la Pepa y a la madre que nos parió. No hay nada como la familia unida. Eso sí, los niños no renuncian a los cincuenta pavos de “estrenas” de tíos y abuelos, ya se lleve el fervor demócrata o el religioso.
Jejeje: ¡éso sí que es montar el belén!!!!!!
Me apunto a rituales de ese tipo. Yo estoy por hacer un día de acción de gracias, pero tal y como está el patio no sé si corresponde…