Hoy he ido a hacerme gafas para la presbicia. Presbicia es un vocablo que viene del griego, “presbis”, dicho sea esto con letras griegas, que significa “anciano”. Tiene que ver con la vista cansada y es algo que inevitablemente sucede con la edad. El llevar gafas para leer, salvo honrosas excepciones de jóvenes que han desgastado su capacidad visual en videojuegos o en horizontes visuales estrechos y recoletos, suele ser la prueba del Carbono-14 que ofrece el sentido de la vista, la primera señal de que uno ya tiene unos años que no se pueden ocultar. He elegido tres monturas diferentes, porque había una promoción nada desdeñable. Los tiempos de crisis es lo que tienen. Escogí una para el ordenador, otra para leer en la cama y otra para presumir. He soslayado intencionalmente las gafas-lupa de farmacia, estándar, pensadas para gente menos coqueta. Yo, con mis asumidos complejos de terror al envejecimiento, he dedicado un buen rato a elegir unas que no recordaran ese gesto tan típico de tercera edad de mirar por encima de las lentes, gafas que pudieran dar el pego de persona en la onda, gafas con personalidad, a ser posible con toque sexy: se trata de maximizar en lo posible el “estilo interesante” al que puede uno acogerse pasados los cuarenta y tantos si aún confías en seducir, el de “controlo-mi-vida-y-tengo-experiencia”, el toque de profesor deseable para adolescentes tardías con problemas con la figura paterna. La chica de la óptica ha sido comprensiva y amable: era una rubia estupenda con abundante melena y lentes de diseño que ha mostrado una clara actitud de apoyo terapéutico para el que acude a dar un paso definitivo en el avance hacia la vejez. Me ha tuteado y ha hecho gala de un afecto condescendiente de sanitario que comunica una enfermedad terminal. “Has aguantado bastante sin ponértelas”, me ha dicho cuando le detallé mis años, como recompensando el esfuerzo por resistir en la acera de la mediana edad sin ortopedias, y premiando una genética generosa. He resistido el impulso de invitarla a cenar por su generosidad comercial, y he pagado la señal exigida.
Así pues, vamos dando paso a los signos externos del cambio sinuoso. La tentación de maquillar el envejecimiento más evidente, cuando se tiene un corazón inmaduro como el mío, es grande: longitud en el pelo, tinte para las canas, informalidad en el vestir, comunicación juvenil. Y todo eso porque la tribu actual no valora al presbítero, al anciano de la comunidad: a la mierda con la experiencia. Así que a travestirse para que no se note, para ser aceptados por los jóvenes carneros, a evitar la muda como si se tratara de un cáncer. Y cuando sea imparable, a esconderse en la guarida, para leer con las gafas de leer.
Con el resguardo en la mano, he llamado a una amiga. Hemos cenado, nos hemos emborrachado. Así, llego y escribo lo que sale. “Este año no me lo jode nadie”, me ha dicho, antes de salir del chino dando tumbos.
Una montura es roja, la otra de pasta marrón, y la más estupenda, de Pierre Cardin, es igualita que las que llevaba yo en primero de la carrera…

Tal vez, mientras tú te pegabas el sobo con tu novia de entonces en uno de esos garitos infectos que frecuentábamos a finales de los ochenta, un hombre acodado en la barra, mediados los cuarenta, separado o harto de su mujer, os miraba con envidia. Todo se repite, como en aquella tristísima obra de teatro, “Historia de una escalera”. Léela con tus modernas gafas de diseño. O guárdalas y mira hacia otro lado (opción recomendada por el fabricante).