Un toque de misoginia

No sé en qué momento aquellas niñas que querían ser princesas se trasmutaron en pedorras de la noche. A lo mejor después de besar con todo el corazón a demasiado batracio. Si hubo candor, rubor, inocencia, encanto, se fueron desmigando en los cuartos de baño de las discos, y los altavoces maquineros barrieron con una cantidad indecente de decibelios cualquier resto de todo eso. Alguna vez he oído que la culpa de esa metamorfosis la han tenido los tropecientos mil años de dominación masculina, el eterno imperio machista, así que “ahora-ahora-ahoramétocaamí”, que ya está bien que los tíos hayan sido siempre los del poder. Han asumido el control y el mando, sabiendo de hace tiempo las reglas ramplonas de este juego. Si lo que se trata es de follar, se dijeron un buen día las hembras, si tenemos maravillosas hendiduras donde quieren descargar sus falos, follemos pues más que nadie, que así también lo pasamos bien, pero por favor, ahórrenme los trámites incómodos, el baboseo, las cursiladas de cateto a babor haciéndose el sensible, los largos preliminares, las miradas intensas, las promesas, los nadie-como-tú, las llamadas perdidas y los mensajitos post-coitales. Si se trata de follar, vamos al grano. Y por favor, no me llames mañana ni quieras conocerme más: lo hemos pasado bien y punto.
Algunas son deportistas del coito, saludables atletas pélvicas que consideran más sano un polvo con un recién conocido que un desayuno de kelloggs; otras plusmarquistas, superando a sus amigas y superándose en un ejercicio de recuento sabatino que entraña cada vez menor dificultad y satisfacción; otras, resentidas y despechadas, con una historia de desencanto que disparar-te en la recámara. Los machitos lo ponen fácil, la mirada capruna, el semen acumulado dando un brillo blanquecino a sus pupilas, el espacio interpersonal invadido sin permiso, la manita en su cadera y alguna bobada que pretende tener intención gritada en su oreja. Y al final se da. Ellas eligen siempre, y a lo mejor, si has aprendido las reglas a tiempo y jugado bien tus cartas, va, te toca y eres el elegido. Pero no te engañes pretendiendo que suenen violines cuando te despidas de ella. Economiza en frases brillantes y quedonas porque no tendrán ningún efecto. No te quedes mal si va muy a saco. Ahórrate tratar de emocionarlas. Dí alguna tontería: mejor resultar algo gracioso que patético. Despídete con dos besitos, como si te la acabaran de presentar. No la llames. No te gires. No pretendas hacer de esto un love-story. Esconde la nenaza que llevas dentro: compórtate como se espera que lo hagas, o sea, como un cabrón, como todos los tíos. No hagas de esto un drama si la semana siguiente te la encuentras haciendo lo mismo con otro. Es lo que hay, c´est la vie.
No sé en qué momento nos hemos cargado la esperanza de la belleza, cuándo fué el holocausto de la inocencia, porqué ese ateísmo del amor (si es culpa del pragmatismo, del hedonismo, el consumismo -ser objetos de consumo unos para otros-, o del escepticismo: vete a saber, tú mismo). Tengo un amigo que para ligar nombra a Proust y su famosa magdalena, todo un alarde de barniz cultural innecesario y fuera de sitio. A veces le funciona, será por lo pintoresco de la intentona. El caso es que para esos viajes no hacían falta tantas alforjas. Un excedente de formación y cultura juegan en tu contra. Supongo que a estas alturas de la corrida se habrá dado cuenta ya de que para conseguir el fin pretendido, y al nivel que permiten estas situaciones, con el graduado en ESO, unos meses intensivos de culturismo, desvergüenza y tres gin-tonics, hay más que de sobra.
A mí, que quieres que te diga, todo esto me da cada vez más asco. El catoliquín y el becqueriano que llevo dentro aún como aliens se me rebelan, hacen que me sienta incómodo y me cuestione como actor de estos escenarios, patético y copa en mano. Hay que poner ya fecha límite, como los toreros, al retiro en estas plazas, antes de que te retire el público. Y a las habitantes naturales de esas selvas, a las princesas desencantadas y a las caperucitas come-lobos, que les aproveche su ‘vida loka’.
No sé muy bien, querido amigo, qué línea trazar para el comentario de este post. Me desgarro en el seno de una polaridad que fiscaliza casi todos los ámbitos de mi vida. Por un lado, diría que hasta resulta moderado el título: “un toque de misoginia”; por otro, tiendo a pensar que lo que hay es lo que hay bajo las estrellas, ya ves, una tautología con poco recorrido.
Entre la princesa y la pedorra hay una delgada línea roja cuya transición es “natural”, y me temo que anclada en la osatura misma de la Especie. Y también, como gustan decir ahora, “el género”.
Lo que ya no tengo tan claro es que el tal género y sus más conspicuas pavas noctívagas se den tanto a la molicie y al magreo como dices, pero en esto mi falibilidad es mucha al saber de “la noche” muy poco. Quizás no sea para mí, pero en cualquier caso es nueva para mí.
A cuenta de la “dominación masculina”, mucha neopuritana se tira el rollo. Y la beatorra de serie que lleva dentro, se acomoda una cosmovisión que le impide fijarse en el culazo megalipídico que se le ha puesto. Su feminismo es una impostura, y una exudación de su implosión “general”. No más. Es una tragedia personal que no celebro, faltaría más, pero que no pienso sufrir ni una micra. Ahora que píen, a mí su disfraz no me impresiona un pijo. Y, sea como fuere, quienes menos caso hacen de estas señoras moraítas, son aquellas pavas de diseño.
Podría acabar como suelo, con el humor que salva y zahiere a un tiempo, pero no me apetece. Hacia las 00’40 ha cruzado el cielo una bandada de aves. Las he oído primero, después las he visto. La típica formación triangular. Me oriento menos que una brújula comprada en los cien chinos, pero con toda claridad seguían un rumbo norte-sur. “Ellas sí que saben”, he pensado.
Ahora me fumaré un cigarrillo, un chesterfield, y después me iré a dormir sobre una cama sin mujer. Tendré frío.
Te llamé al salir… No me contestaste. Lógico. Mi huída también lo fue. No había tanto alcohol en mi sangre como para liarla allí en medio, con testigos tan evidentes y poco amigos de la confidencialidad. Aún así, fuiste una iluminación. Siempre lo eres (aunque te entre la vena misógino-rencoroso-post-reencuentro)…