Vivo en una isla sin oxígeno. Por las noches, en la oscuridad, veo brazos que se alargan hacia mí, pero son engullidos por lo oscuro. Todos los días, el sol amanece por el mismo sitio, en un mundo brumoso, y al caer la noche y encender el fuego, veo sombras de ectoplasmas que me escudriñan, neutros y lejanos, sin intención de invadirme. Sé que no estoy solo del todo, aunque desconozco la cualidad de su presencia.
No sé qué va a ser de mí. No sé cuánto tiempo llevo en este lugar. No sé hacia donde marcha todo.
Cada día, espero que suceda algo que rompa este silencio de asfixia y que un cambio me bendiga. Trato de recordar quién era yo antes de despertarme aquí, si hubo algo que un día decidí de forma errónea y me castigó a este confinamiento, pero soy incapaz de concebir o evocar mi rostro y mi ser de antes, por lo que no identifico al que pudo errar. Me alimento y duermo maquinalmente; a veces pronuncio palabras en voz alta, canturreo sílabas o nombres que tienen algún significado en mi memoria, a veces tarareo alguna música para sosegarme.
Me despierto en mi dormitorio, y salgo de la pesadilla. Sé de repente quien soy, o creo saberlo. Vivo en un piso con escaleras, con paredes que se me acercan por momentos; tengo un coche nuevo con el que cada día viajo a un lugar de trabajo que odio; recuerdo creer que una vez amé.
Sí, tengo esa vida que había soñado.

Me ha recordado este post al que, quizás, sea el mejor de los relatos de Borges: “La casa de Asterión” (El aleph, 1949).
El Minotauro tiene la clara conciencia de que su mundo, el laberinto de Creta, es “el” mundo. Teseo, guiado por el hilo de Ariadna, le da muerte. Borges admite que la soledad es el peor de los males cuando finaliza la narración con las palabras de Teseo a su amada (creo que ella, después, se los pone y con lucecitas): “¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El Minotauro apenas se defendió”.
El poeta catalán Enrique Badosa, en el poema “Labrys” (Mapa de Grecia, 1979), da el contrapunto aplicable, a su vez, a Teseo: “Es tan de soledad el laberinto,/ que quisieras hallar el Minotauro”.
Creo que lo único bueno, y no es magra cosa, que tiene la soledad, lo dice bien otro poeta, Emilio Prados, en el poema “Oración junto al agua” (Jardín cerrado, 1960): “Venga a mí la libertad:/ soledad que tanto temo”.
Gracias por el comentario, CrisC, y por las referencias. Leí a Borges hace mucho, y no recuerdo el relato que nombras.
Sí, libertad y soledad son dos caras de una moneda. Estoy de bajón, compañero, y algo peleado con esta vida surreal, así que sólo me salen cosas así. A ver si Italia me encuentra de otra moral. A mal tiempo buena cara.