Hombres, hombres
En el local hay momentos en que no cabe ni una aguja. Para ir al baño (y a mí el whisky me hace ir bastante al baño, será que la edad me va poniendo la cañería floja) tengo que restregarme y empujar un montón de cuerpos, ora con timidez, ora con impaciencia y algo de mala leche. Llego, finalmente, húmedo como una anguila de sudores propios y ajenos, para regresar luego con igual dificultad al sitio donde nos hemos arrinconado estratégicamente para consumir nuestra copa y detectar la presencia de algún grupo de hembras predispuestas. Pero eso no parece que sucederá hoy: demasiados varones, altos y gordos, frikis, graciosillos, algún cacha, borrachos, inquietos, bocazas, vociferantes, futboleros, gritones, salidos. Uno sale con la saludable idea de entablar algún contacto con féminas y acaba embadurnado de transpiraciones testosterónicas. Puestos en masa, somos como un rebaño hiperactivado y con una única dirección y objetivo. En días así, odias a los hombres, nada de solidaridad masculina, y te entra una suerte de misandria.
Y es que hemos de reconocer (desde el punto de vista discutible de un hetero cada vez más convencido) que como creación los hombres no tenemos especial gracia. Con desigual donosura, todas las chicas están dotadas de curvas, de montañas y valles, su cueva de Alí Babá, a veces de soberbias melenas y graciosos movimientos, voces agradablemente agudas, charla abierta y modulada, además de esos perfumes y vestuario tan estimulantes. Pero los tíos no, la mayoría cachalotes y cenutrios de escaso interés mental. Abren pasillo para verlas y decirles la primera estupidez que el alcohol hace que les venga en boca, a ver si las muchachas -tan acostumbradas desde su más tierna adolescencia a este ritual del macho en celo y a ponerle coto, freno y barrera, o sea, a dar cortes- respondieran favorablemente. Dónde están aquí el caballero Lanzarote, el Bogart de Casablanca, el Dean de Rebelde, el Clint de Sin Perdón. Si yo fuera una de ellas, lo tendría claro: ejercería mi poder de forma indiscriminada y algo sádica. Si fuera Dios, también lo tendría claro: mandaría algun rayo vengador o algún virus maligno que se cargara una buena cantidad de estos elementos sobrantes. Creo que los varones solo podemos redimirnos de la total vulgaridad con cierto aislamiento que nos purgue de gregarismos, que sugiera actitudes heróicas, que permita excavar en las propias emociones, que aporte un toque diferente a la microhistoria del micromundo de cada cual: en los hombres, el individualismo radical me resulta mucho más apreciable y estético.
Como decían los de Video, aquel grupo de los ochenta, “la noche no es para mí”.

Te advierto demasiado autopunitivo, Fer, quizás desencantado (en manos de psicoterapeutas más iva te barrunto, hum, qué peligro), qué digo, sin quizás, y mira, hijo, que una dosis moderada de misoginia, y no de misandria, que eso ya viene de serie en la pagoda ésa que llamamos diencéfalo, arregla un poco el cuerpo y devuelve el equilibrio.
Porque hay que ver cómo son las titis y de qué van, malas y perversas, pero hay que ver cómo están, más que buenas y para “hacerlas” un siete tatoo en la piel, dos ataques con tregua concertada y chesterfield, reubicarlas a cuatro puntos maestros, practicarles la rima del cinco, la prueba del nueve y diez hijos a intervalos more geométrico.
En cuanto a la retirada a los cuarteles de invierno de la individualidad recreada, el refugio frente al ovejuno gregarismo y el cultivo de una estética de la deserción…, eso siempre, y a coger carrerilla, porque la noche es parte interesada…, de ellas. Es una tarea heroica…, por arrestos y clase no va a ser.
Bueno, no somos tan malos. Yo, a veces, me lo paso bien con esos “varones, altos y gordos, frikis, graciosillos, borrachos, inquietos, bocazas, vociferantes, futboleros, gritones, salidos”. Vas al bar, ves el partido de fútbol, insultas al árbitro, pides penalty (aunque no lo sea) y gritas gol. No todo ha de ser “alta comedia” ni ha de aparecer Gary Grant.
Vale, está bien, sabía que alguno se me mosquearía… Estas opiniones a veces son insostenibles ante la más mínima crítica, pero es lo que tiene esto de los blogs, el subjetivismo “instant”, lo sueltas y a otra cosa.Y lo de no ser futbolero, que también influye, porque me pierdo esos baños de masas endorfinizantes. Mis disculpas a los agraviados. Yo también soy parte del colectivo este del que “rajo”, así que como dice CrisCrac, esta postura mía tiene algo también de autopunitiva.
Puede ser que esté perdiendo el sentido del humor?
Perdón por la intromisión… pero leer la palabra futbolero en medio de todos esos “borrachos, frikis, bocazas, salidos…” Pues sí, coño, estoy salido por el futbol, estoy borracho por ver a Messi, Iniesta, Xavi, Henry… y olvidarme de las niñatas que no nos hacen caso a los hombres de provecho… La culpa de no es de los salidos, borrachos… Más futbol y más sexo y todo solucionado. O más sexo y más futbol. Simple pero efectivo.
Debo disculparme de nuevo. Que ningún varón de los que entran por aquí se sienta aludido ni ofendido. Pensaba en un tipo concreto de tíos, a los que visualizo y no relaciono con ninguno de mis amigos ni conocidos, y creo que sumar el calificativo de”futbolero” al resto de epítetos descalificadores ha resultado sin duda desafortunado. Y efectivamente, Garfunkel, más sexo para aliviar los malos humores: el que hay siempre es poco.
Pero qué va, Fer, si se me permite terciar en esto, nada de disculpas. ¿Cómo nadie va a ofenderse ante el evidente hecho de que los tíos, en efecto, no tenemos demasiada “gracia” ni gracias mientras que ellas son un despliegue promiscuo, iridiscente y delicioso de “donosura”, belleza y curvas? Es que es verdad. Y a veces no me explico cómo llegamos a gustarles. Algo tendremos.
Y es verdad que hay chorbos que son estéticamente una objeción a la elegancia (ojalá no estemos entre ellos y yo aquí largando) y al buen gusto, y trato aquí esta categoría como híbrido de la ética y la estética. Y acuerdo con Garfúnkel en que la pasión futbolera nada tiene que ver con ello. A mí me pone el fútbol (del Atleti, Garfúnkel, ya ves que osadía). Oye, cómo me ha gustado eso de que las niñatas no nos hacen caso a nosotros, joé, “hombres de provecho”. Peor para ellas.
Eso sí, hay veces que al mirarlas sientes como un mareo: sus pelo cortísimo que les hace un cuello “depredable”, o largo que lo sientes derramarse entre los dedos, o los muchos colores de su ropa mínima, los largos pendientes, las celestiales curvas en sus caderas o el flan-flan de sus pechos cuando andan, o el gran sol que se pone entre sus jeans asesinamente bajos y sus blusas cortas, o su voz liviana, dulce, tan desnuda…
Sigo pensando, no obstante, que una inteligente, esto es, irónica y moderada misoginia, nos salva el culo en ocasiones…, nos conforma, pero joder, sin ellas todo sería tan frío, obscuro, sordo y sin aromas. En el infierno no hay churris.