Qué hago ahora contigo…
No sé qué decirte. No sé qué esperas de mí. Cuando oigo tu voz por el teléfono me recorre por dentro un escalofrío eléctrico, la voz me tiembla de una forma que no consigo controlar, abuso de las pausas y me veo turbio y entrecortado. Y no quería hablarte más. No sé cómo hacer. He tomado tantas veces la decisión firme de no dejarme manipular por ti, de no estar disponible a tu antojo lunar, cuando los astros se conjuraran para hacerte ver que me echas de menos más de lo que te gustaría, o cuando sientes que a lo mejor has tensado demasiado la cuerda, y has estrangulado mi autoestima y mi orgullo con tu ignorancia y tu silencio, y decides regresar, titubeante o segura, esperando de mí una respuesta abierta y acogedora, sin rencores ni tensiones sumadas. He tomado tantas veces esa decisión, te he borrado de mis listas de conocidos, te he tratado de reemplazar, he tratado de reconstruir todos los recuerdos restándoles importancia, y ponerte en el sitio que te mereces, por tu incomprensible inconstancia…
Y ahora me dices que no soportas que finja ignorarte de un modo tan creíble…
Cómo me comporto ahora sin sentir una vez más que golpeo tu puerta para pasar más frío. Cómo hago para verte y que luego no me duela. Cómo, para esconderte esa parte de rencor y reproches que tengo más que abonada, y sé de siempre que no quieres oír ni sentir.
Necesito tu entrega y tu valentía. Una propuesta de rendición incondicional en esta batalla que ganó el silencio. Una cesión de tu independencia orgullosa, para que pueda anudarte sin dudar. Necesito que me sueñes hasta que te duela. Necesito mucho más que oír tu voz un día. Necesito que me ganes, sentir que aún soy tu dueño, si quieres borrar todo lo de atrás…
