Yo tampoco sé porqué escribo, si por agradar, o por esclarecerme, por reivindicarme como personaje de esta gran comedia, por tener un interlocutor invisible en las pendientes de la soledad más o menos sonora. O, sobre todo, porque me leas tú.
Soy consciente de que no tengo demasiado que aportar a la posteridad. Mi propio eco. No sé mucho de nada. Ni siquiera de la vida, en la que ya casi soy veterano, y en la que me siento siempre como un ingenuo novato. Algunas veces se me ocurren pequeñas historias, anécdotas reales camufladas y travestidas, o disparates que me hacen gracia. Eso justifica a veces las ganas de escribir, además del desahogo. El caso es que suelo andar bastante ocupado, siempre tengo alguna cosa que hacer. Y sin embargo, me pierdo ocioso ante esta pantalla horas y horas sin sentido.
He empezado el año triste, pero es una tristeza de otra cualidad diferente, quizá más peligrosa a la larga. En esta de ahora no hay rabia, porque en la rabia se encierra a veces la esperanza. Esta de ahora está hueca de expresión, es tristeza sin lágrimas. No soy capaz de imaginarme un futuro que me llene, me aferro al presente como mal menor, como los ciegos se tientan en cada paso para no caer.
He empezado el año triste, porque ha empezado sin ti.

Eso te pasa por escribir de madrugada, so melón.
He vuelto!
y qué bien que tú seguías aquí…