Nochebuenas
La cena familiar era más concurrida. Esperábamos a media tarde a que viniera la familia de Murcia, y nos juntábamos alrededor de la mesa camilla, y de mi abuela, que formaba parte del escenario, regordeta y encajada en su mecedora. La casa no estaba especialmente adornada: siempre fuimos algo perezosos para la parafernalia navideña, y a última hora mi madre bajaba del porche una caja pequeña con serpentinas y un niño jesús muy mono que se chupaba el dedo sobre una alfombrita blanca y peluda. A veces, mi hermano sacaba la guitarra y tratábamos de sorprender con alguna cosa que hubiéramos ensayado hacía poco en el grupo cristiano. Recuerdo que era habitual cenar cocktail de gambas y carne mechada; de fondo la tele, el mensaje del Rey y la “Telepasión” esa en la que los presentadores de informativos bailaban.
Luego salíamos al frío de la noche. Algunos años nos daba por trajearnos para hacernos los mayores; por esos años empecé a usar un abrigo antiguo de mi padre que aún conservo. Las calles estaban iluminadas y olía a invierno de una forma especial. Nos reuníamos en el portal de Chusa, porque cumple años en las nochebuenas, y luego marchábamos a la misa del Gallo, a cantar villancicos y las canciones del Gen Rosso, “Venid a la fiesta”, “Donde tú estás” y todas esas, y allí estaba todo el mundo habido y por haber, Rosa, Willy, Paco Forza, los que nos quedábamos dentro y los que se quedaban fuera tras los cristales esperando a que el Padre Guillermo acabara su sermonazo en una iglesia llena hasta la bandera. Durante la ceremonia, a veces, hablaba con Dios.Y luego las felicitaciones, el chocolate y las ensaimadas.
Ha pasado tanto tiempo y tan poco a la vez. Seguramente ha dado para mudar todas las células del cuerpo, así que no sé en qué rincón del cerebro se esconde el que yo era. El que soy ahora detesta todo esto de las felicitaciones y la obligación de los regalitos, las moñerías de los anuncios, los lloros en primeros planos por no estar con la familia, las reposiciones insufribles de películas de tema navideño, los santaclauses de peluche subiendo por las fachadas y un montón de cosas de las que me quejo estos días. No sé qué se celebra: supongo que estar vivos. Es el momento anual del recuento, de silenciosa evaluación de pérdidas. Sin embargo en algún momento sucumbo, aprecio ese momento de reducida reunión familiar envuelta en ritual y trato de dejar mi sentido crítico a la puerta de casa de mis padres antes de la cena. Y hasta puedo cantar algún puto villancico.
http://es.youtube.com/watch?v=pA8UHeoYHQM&feature=related

No te engañes, eres el que eras pero mejorado y aumentado. ¿Cuándo te han gustado a tí los santaclauses de peluche…, los lloros en primeros planos…? El de antes sí que no eras tu, ése nunca hubiese verbalizado lo de “puto villancico”.
besos….