Mutatis mutandis

Ducha bioquímica

Publicado en General por Fer en 31 Enero 2008

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                   Hoy he visto un documental de “Redes” de Eduardo Punset, que se llama “La Química del Amor”. No se dicen cosas que no supiera ya, pero me llama la atención el planteamiento reduccionista, mecánico, que expone la antropóloga entrevistada, Helen Fischer, sobre los procesos amorosos. La idea es que el amor romántico tiene una función de adaptación evolutiva, para perpetuación de la especie y de los caracteres genéticos propios, y una base fundamentalmente bioquímica, con un aumento de unos neurotransmisores: la dopamina (que produce sensación de plenitud y euforia, y favorece el aprendizaje de estímulos novedosos) y la norepinefrina (que nos ayuda a recordar momentos con la persona amada), y disminución de la serotonina (que produce un pensamiento obsesivo). El amor romántico es una adicción, como el consumo de chocolate o el de cocaína, que provoca una feliz dependencia cuando se “consume” tiempo de la persona amada y se es correspondido, y una ansiedad dolorosa cuando se es abandonado. Percibir la adversidad (efecto “Romeo y Julieta”) aumenta curiosamente la segregación de dopamina. Cada vez necesitamos más dosis, como en cualquier droga:  se produce obsesión, compulsión, distorsión de la realidad, dependencia emocional, física y cambio de personalidad (según parece, todas las adicciones importantes están relacionadas con niveles altos de dopamina). Este estado desgasta enormemente la energía de nuestro cerebro, incapaz de dedicarse a otros quehaceres en tal periodo de enajenación, por lo que al tiempo se tienen que poner en juego otras substancias, que favorecen el compromiso, un apacible bienestar y la atención a la progenie.

                   Me pregunto qué hubiera sido de nuestro patrimonio cultural universal si se hubiera hablado de todo esto mucho antes. Qué hubiera pasado con las Rimas de Bécquer, el suicidio de Larra, las sonatas de Beethoven y Chopin. Si todos los que mataron o se mataron por amor en los tiempos del “Werther” de Goethe hubieran sabido que su intensa necesidad de alguien concreto no era eterna, era un proceso biológico-mecánico natural, y que en cuanto los niveles de dopamina volvieran a su sitio, con el tiempo, se les pasaría su mal rollo. Todo se hubiera relativizado más, y la exaltación romántica habría decaído necesariamente.

                    A mí me queda la sensación de que esto nos libera de responsabilidad. Son las sustancias de nuestro cerebro, y no nosotros, las que condicionan nuestro proceder. Como a un yonqui. Por lo que el enamorado debería ser tratado como un ser digno de comprensión y apoyo solidario, ni recriminado ni culpabilizado de sus poemas, lloros y demás tontadas, y en casos severos, internado en pisos de desintoxicación, lejos de mensajes de móvil, mails malignos, músicas peligrosas, y de cafeterías y bares que, recordándole algo de ese ser innombrable, puedan revivir la puñetera adicción.

6 comentarios

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  1. dilema said, on 31 Enero 2008 at 9:36 am

    Si la química puede solucionar a través de hormonas problemas vinculados con la sexualidad (viagras, disminución del deseo sexual, etc.,), sólo espero que la ciencia algún día ofrezca algo, un elixir, una pastillita, unas gotas, para combatir el drogamor y desamor.
    Estaría bien que con un simple analgésico nos curásemos las heridas, ¿no? Mientras, mi remedio casero son los poetas (casi siempre dicen lo que siento y encima con música, hay que joderse), el café, y la buena música.
    Mua.

  2. El amigo de Thomas Bernhard said, on 31 Enero 2008 at 10:36 am

    Interesante post, aunque no sé si va en broma o en serio; no sé si es ciencia-ficción (en plan Blade Runner), existencialismo a lo Sartre o novela rosa pura y dura. Lo de “Procesos amorosos” a mí me suena a asignatura de 2º de Psicología, “Procesos amorosos básicos II (Primer cuatrimestre). No creo que tarden mucho en incluirla como asignatura troncal con los nuevos planes de estudio y el espacio europeo de educación superior (EEES). Siempre es bueno teorizar un poco antes de acabar como Larra, ese puto dandy romántico. Si hay que suicidarse, hay que hacerlo con conocimiento de causa. Has olvidado, Fer, incluir una foto de la tal Helen Fischer: necesito ver el careto que tiene la gente que dice esas cosas. Por lo demás, me atraen mucho esos nombres: dopamina, norepinefrina, serotonina … ¡uf!, ponen muchísimo.

  3. Fer said, on 31 Enero 2008 at 2:02 pm

    Ya te he complacido, J., con la foto de la susodicha, que no sé si mejora mucho la apariencia del post. Si te apetece ver la entrevista completa, está en la web de Punset:
    http://www.eduardpunset.es/charlascon_detalle.php?id=24
    Hay también enlaces con la web de la Fischer, para ahondar en sus teorías. Y, efectivamente, esas substancias te”ponen”, a ti y a todos, porque también intervienen en la excitación y el orgasmo.
    Animo. Aunque somos de letras, el saber no ocupa lugar…

  4. CrisCrac said, on 31 Enero 2008 at 5:51 pm

    Con permiso, Fer, llego desde Estilema. Gracias a ambos. Yo ví el programa de Punset, y he leído el libro de la Fischer. Recomendable. Pues sí, somos nuestras substancias cerebrales. Y un enamorado es un descerebrado. Yo, de hecho, estoy enfermo desde los cinco años, me enamoré de mi maestra (lo sé porque al llegar a casa me empeñé en que mi padre se casase con ella). Saludos.

  5. Fer said, on 31 Enero 2008 at 6:32 pm

    Hola, CrisCrac, bienvenido, y gracias por el comentario. Para moderar el biologicismo radical, al final del reportaje de Punset aparece un psicólogo, Carlos Yela (hijo del ilustre Mariano Yela, catedrático de Psicología, y hermano de una colega de profesión mía)que insiste en que lo biológico no puede explicar todo el “proceso amoroso”, que a veces nos enamoramos por el influjo de lo social (los grupos adolescentes en los que emparejarse mola y si no eres un pringao, por ejemplo…) Punset parecía menos cautivado por su libro y sus ideas que por el teorema de la Fischer. ¿Lo de casar a la maestra con el padre es un Edipo distorsionado? Saludos x you.

  6. CrisCrac said, on 2 Febrero 2008 at 7:31 pm

    Al pedir a mi padre que se casase con mi maestra, mi “psicosexualidad” infantil era perversa pero poderosamente racional y práctica. Era el único modo en que una criatura de cinco años intuía que podía tener un cierto acceso al objeto de su deseo. Aún hoy estoy sorprendido de aquella sutileza. No creo haber vuelto jamás en mi vida a elaborar una estrategia tan compleja, tan certera y casi “silogística”.

    Aunque mi segunda vez no fui nada delicado; me gustaba una niña rubia con pelo recogido en una coleta larga. Aún recuerdo sus ojos verdes y su boca sensual. Como no me hacía caso, un día que pasó por mi calle se llevó un puñetazo en el estómago. Yo tenía ocho años, y todavía me hiere su mirada de impotencia al adivinar que yo iba a hacerle daño. Aún hoy me sigue doliendo aquella crueldad y me seguirá doliendo toda mi vida. Y no es retórica, me duele ahora casi hasta las lágrimas. Siempre será así. Siempre la recordaré. Saludos afectuosos para ti y tus “blogmerodeadores”.


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