Aprende a observar los hechos de la vida desde una barrera imaginaria, como un niño atento, voraz y despiadado, alejado aunque aparentemente próximo a los padecimientos de los demás mortales. Desvincúlate sin que se note; si lo percibieran los otros, te apartarían del rebaño como a una víbora. No te impliques en los pequeños dilemas y conflictos que en definitiva, no son los tuyos. Relativiza los padecimientos que provoca la emoción: a fin de cuentas, las emociones son malas consejeras, de aguas turbias e innavegables, y dominarlas y suprimirlas es el final deseado. Acompaña el infortunio, pero no permanezcas en él al momento siguiente. Parcela cada minuto desde el presente, y que no quede de él ni rastro en el presente que le sigue. Vive la vida como un desértico camino de paso, al que te arrojaron solo y del que te marcharás solo: rehúye la ficción tentadora de sentir que realizas el camino al abrigo de la compañía. Acepta el dolor con serenidad, como una más de las reglas del juego. Consigue, finalmente, que nada te perturbe ni afecte.
Si logras todo esto, hijo mío, te habrás convertido como yo en un dios de corazón de piedra.


Cuando la respiración de ambos empezó a agitarse, y escalaban desenfrenados el siguiente peldaño del furtivo encuentro, la previno lacónicamente, entre beso y beso:



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